4 mar. 2015

LA ALAMBRADA

Jeroh Juan Montilla











Solo los separaba el espesor de una cerca alfajol, una maraña metálica de cientos de huecos rombos.  Todos dormían la siesta de la tarde. Pero ellos, la hembra y el varón, los insomnes de su casa, los coparticipes de la libido y el desvelo, eran los únicos en aquellos dos patios vecinos repletos de la indiscreción de los pájaros sobre los tamarindos y de la algarabía del verano sobre la tierra. Cada quien en su lado de la cerca, dueños indiscutibles del pudor y la concupiscencia. Los otros patios colindantes estaban detrás de gruesos paredones de casi tres metros de alto. Ellos se sabían solos en cada parte del paraíso, olvidados de la mirada de Dios, dueños de un Edén partido a la mitad. Nadie podía verlos en su nueva ceremonia del bien y del mal. La hembra lo había citado para un desconocido juego donde ganar placer y perder inocencia era lo mismo. Llegaron al unísono, en esas coincidencias que solo la complicidad pecaminosa puede permitirse.
Los dos estaban empapados en un silencio espeso y tibio. El varón tenía rastros azucarados en sus mejillas. Ella estaba hermosa, desgreñada y sonriendo como un felino ante su presa.  Hizo el primer gesto, se subió lentamente la falda. El canto de los pájaros fue silenciándose, todos los ruidos y el resto del mundo cayeron lentamente  en el sordo asombro del varón. Ella llevó la falda a la altura de su ombligo y adelantó con tierna obscenidad la parte baja de su vientre. El suspiró y vio como debajo de la tela, en la mitad del cuerpo, la hembra estaba plenamente desnuda, como su piel de trigo pálido refulgía en toda aquella extensión triangular. En medio, como sinuosa joya, cruzaba una larga, rosada, apetitosa y limpia rendija, con dos orillas carnosas a punto de entreabrirse, una maravillosa y cauterizada herida en medio del misterio de aquella entrepierna, la pulpa fresca de un enigma. Ella, a pesar de su insuficiente experiencia, ya era una sabia en las flaquezas de la carne,  dio un paso y plegó todo su cuerpo contra la cerca. El tamaño de su vulva se hizo exacto a uno de aquellos rombos grises de la alambrada. Un boquete lampiño, una blanda rosa de bordes metálicos, delgados y fríos. Entonces, al otro lado de la alambrada, él se arrodilló piadosamente. Ella abrió un poco sus muslos y un maravilloso  perfume cubrió su rostro imberbe del varón, un vaho dulce enlazado en un dejo perfumado de orina.

Ambos estaban ensimismados en la fresca inconsciencia de sus años, entregados a las maniobras silenciosas de una lujuria inexplicada, sin razones ni maestrías, solo los dos con sus cuerpos, debatiéndose entre la sazón de la niñez y el umbral de la adolescencia. El varón sintió como su breve pene se retorció con sabroso desespero en sus cortos pantalones. La boca se le hizo agua, sin embargo, por fuera los labios permanecían cerrados y resecos. Sacó instintivamente la lengua y los relamió. Entonces acercó devotamente el rostro al sagrado nicho y aspiró profundamente el dulzor a urea e incienso de aquella vulva. Lentamente comenzó a lamerla con dedicada veneración. Aquel trozo de carne era salado y suave como una lágrima. La hembra sintió como un oleaje de temblores subió con violencia por sus piernas para chocar violentamente en la raíz de sus cabellos y desplegarse en desordenadas ondas contra el azul soleado de la tarde. El siguió lamiendo en profundo fervor, ella percibió un segundo estallido, un gozoso, fulminante y apagado estruendo en el centro más oculto de su carne. El comenzó a saborear un plácido torrente, entre dulce y ácido, que fue cubriendo con lentitud la brillante y piadosa humedad de su lengua. El, ya completamente postrado, semejaba a un sacerdote en balbuciente oración. La hembra entonces, en el más alto furor de la bacante, pegó con más fuerza su cuerpo a la alambrada. El varón sorbió todo aquel licor hasta que el fuego de la embriaguez detonó un nuevo gozo en el verdoso fruto de su entrepierna,  fue sintiendo como un espeso y frio llanto corrió por su pierna izquierda, el sacrifico de la niñez se había consumado.

Imagen tomada de http://www.paridasclub.com/wp/index.php/tag/alambrada/

1 comentario:

  1. El zumbido en sus oídos le fue carcomiendo por dentro hasta explotar en su cerebro mientras su vientre se contraía con fuerza contra los alambrados, los gemidos se perdieron en el silbido del viento y perdiendo la cordura empezó a azotar su Vulva contra la alambrada mientras se deshacía corcobeante como una cobra luego de retorcer su presa, por unos instantes sintió perder la razón dejando escapar bramidos silentes mientras sus dedos se engarzaban en el frío metal que le impedía devorar la boca de su amante y empaparlo del néctar más exquisito que jamás probaría una boca, el elixir sagrado virginal de un ángel, y como el agua se dejó caer extenuada en la foresta húmeda del pasto que le soportaba. Su Vulva regordeta y roja por la excitación, no dejaba de golpearse contra la rejilla procurando no perder la boca insaciable al otro lado del alambrado que impedía gozar plenamente de la virginal sonrisa vertical que no podía poseer con toda la humanidad de la erotizada damisela que gemía ahogada por el deseo... hasta que no pudo soportar su alma y quedo tendida bañada por el deseo y el sudor que le cubría, mientras las contracciones de su vientre le arqueaban dejando ver la profundidad mojada de su sexo palpitante.
    Al otro lado del alambrado, el mozuelo cubierto por la angustia, se dejó ir hasta quedar inconsciente por la acción salvaje de sus propias manos.

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