Jeroh Juan Montilla
Solo
los separaba el espesor de una cerca alfajol, una maraña metálica de cientos de huecos rombos. Todos dormían la siesta
de la tarde. Pero ellos, la hembra y el varón, los insomnes de su casa, los
coparticipes de la libido y el desvelo, eran los únicos en aquellos dos patios
vecinos repletos de la indiscreción de los pájaros sobre los tamarindos y de la
algarabía del verano sobre la tierra. Cada quien en su lado de la cerca, dueños
indiscutibles del pudor y la concupiscencia. Los otros patios colindantes
estaban detrás de gruesos paredones de casi tres metros de alto. Ellos se
sabían solos en cada parte del paraíso, olvidados de la mirada de Dios, dueños
de un Edén partido a la mitad. Nadie podía verlos en su nueva ceremonia del
bien y del mal. La hembra lo había citado para un desconocido juego donde ganar
placer y perder inocencia era lo mismo. Llegaron al unísono, en esas
coincidencias que solo la complicidad pecaminosa puede permitirse.
Los
dos estaban empapados en un silencio espeso y tibio. El varón tenía rastros
azucarados en sus mejillas. Ella estaba hermosa, desgreñada y sonriendo como un
felino ante su presa. Hizo el primer
gesto, se subió lentamente la falda. El canto de los pájaros fue silenciándose,
todos los ruidos y el resto del mundo cayeron lentamente en el sordo asombro del varón. Ella llevó la
falda a la altura de su ombligo y adelantó con tierna obscenidad la parte baja
de su vientre. El suspiró y vio como debajo de la tela, en la mitad del cuerpo,
la hembra estaba plenamente desnuda, como su piel de trigo pálido refulgía en
toda aquella extensión triangular. En medio, como sinuosa joya, cruzaba una
larga, rosada, apetitosa y limpia rendija, con dos orillas carnosas a punto de
entreabrirse, una maravillosa y cauterizada herida en medio del misterio de
aquella entrepierna, la pulpa fresca de un enigma. Ella, a pesar de su
insuficiente experiencia, ya era una sabia en las flaquezas de la carne, dio un paso y plegó todo su cuerpo contra la
cerca. El tamaño de su vulva se hizo exacto a uno de aquellos rombos grises de
la alambrada. Un boquete lampiño, una blanda rosa de bordes metálicos, delgados
y fríos. Entonces, al otro lado de la alambrada, él se arrodilló piadosamente.
Ella abrió un poco sus muslos y un maravilloso
perfume cubrió su rostro imberbe del varón, un vaho dulce enlazado en un
dejo perfumado de orina.
Ambos
estaban ensimismados en la fresca inconsciencia de sus años, entregados a las
maniobras silenciosas de una lujuria inexplicada, sin razones ni maestrías,
solo los dos con sus cuerpos, debatiéndose entre la sazón de la niñez y el
umbral de la adolescencia. El varón sintió como su breve pene se retorció con
sabroso desespero en sus cortos pantalones. La boca se le hizo agua, sin
embargo, por fuera los labios permanecían cerrados y resecos. Sacó
instintivamente la lengua y los relamió. Entonces acercó devotamente el rostro
al sagrado nicho y aspiró profundamente el dulzor a urea e incienso de aquella
vulva. Lentamente comenzó a lamerla con dedicada veneración. Aquel trozo de
carne era salado y suave como una lágrima. La hembra sintió como un oleaje de
temblores subió con violencia por sus piernas para chocar violentamente en la
raíz de sus cabellos y desplegarse en desordenadas ondas contra el azul soleado
de la tarde. El siguió lamiendo en profundo fervor, ella percibió un segundo
estallido, un gozoso, fulminante y apagado estruendo en el centro más oculto de
su carne. El comenzó a saborear un plácido torrente, entre dulce y ácido, que
fue cubriendo con lentitud la brillante y piadosa humedad de su lengua. El, ya
completamente postrado, semejaba a un sacerdote en balbuciente oración. La
hembra entonces, en el más alto furor de la bacante, pegó con más fuerza su
cuerpo a la alambrada. El varón sorbió todo aquel licor hasta que el fuego de
la embriaguez detonó un nuevo gozo en el verdoso fruto de su entrepierna, fue sintiendo como un espeso y frio llanto
corrió por su pierna izquierda, el sacrifico de la niñez se había consumado.
Imagen tomada de http://www.paridasclub.com/wp/index.php/tag/alambrada/
El zumbido en sus oídos le fue carcomiendo por dentro hasta explotar en su cerebro mientras su vientre se contraía con fuerza contra los alambrados, los gemidos se perdieron en el silbido del viento y perdiendo la cordura empezó a azotar su Vulva contra la alambrada mientras se deshacía corcobeante como una cobra luego de retorcer su presa, por unos instantes sintió perder la razón dejando escapar bramidos silentes mientras sus dedos se engarzaban en el frío metal que le impedía devorar la boca de su amante y empaparlo del néctar más exquisito que jamás probaría una boca, el elixir sagrado virginal de un ángel, y como el agua se dejó caer extenuada en la foresta húmeda del pasto que le soportaba. Su Vulva regordeta y roja por la excitación, no dejaba de golpearse contra la rejilla procurando no perder la boca insaciable al otro lado del alambrado que impedía gozar plenamente de la virginal sonrisa vertical que no podía poseer con toda la humanidad de la erotizada damisela que gemía ahogada por el deseo... hasta que no pudo soportar su alma y quedo tendida bañada por el deseo y el sudor que le cubría, mientras las contracciones de su vientre le arqueaban dejando ver la profundidad mojada de su sexo palpitante.
ResponderEliminarAl otro lado del alambrado, el mozuelo cubierto por la angustia, se dejó ir hasta quedar inconsciente por la acción salvaje de sus propias manos.
Excelente Rodrigo. No había leído tu comentario - relato. Escribiste el 2017 de algo del 2015. Te respondo desde un lugar llamado 2022. Abrazo
ResponderEliminarExcelente relato
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