5 mar. 2015

ORGASMO

Jeroh Juan Montilla





Todo su rostro el pétalo de una mueca
muda y profunda
la máscara del dolor más indescifrable
que te encamina a lo espeso de su carne
esa suave roca en la vísceras del amor
donde oculta una extraña dulzura.

4 mar. 2015

LA ALAMBRADA

Jeroh Juan Montilla











Solo los separaba el espesor de una cerca alfajol, una maraña metálica de cientos de huecos rombos.  Todos dormían la siesta de la tarde. Pero ellos, la hembra y el varón, los insomnes de su casa, los coparticipes de la libido y el desvelo, eran los únicos en aquellos dos patios vecinos repletos de la indiscreción de los pájaros sobre los tamarindos y de la algarabía del verano sobre la tierra. Cada quien en su lado de la cerca, dueños indiscutibles del pudor y la concupiscencia. Los otros patios colindantes estaban detrás de gruesos paredones de casi tres metros de alto. Ellos se sabían solos en cada parte del paraíso, olvidados de la mirada de Dios, dueños de un Edén partido a la mitad. Nadie podía verlos en su nueva ceremonia del bien y del mal. La hembra lo había citado para un desconocido juego donde ganar placer y perder inocencia era lo mismo. Llegaron al unísono, en esas coincidencias que solo la complicidad pecaminosa puede permitirse.
Los dos estaban empapados en un silencio espeso y tibio. El varón tenía rastros azucarados en sus mejillas. Ella estaba hermosa, desgreñada y sonriendo como un felino ante su presa.  Hizo el primer gesto, se subió lentamente la falda. El canto de los pájaros fue silenciándose, todos los ruidos y el resto del mundo cayeron lentamente  en el sordo asombro del varón. Ella llevó la falda a la altura de su ombligo y adelantó con tierna obscenidad la parte baja de su vientre. El suspiró y vio como debajo de la tela, en la mitad del cuerpo, la hembra estaba plenamente desnuda, como su piel de trigo pálido refulgía en toda aquella extensión triangular. En medio, como sinuosa joya, cruzaba una larga, rosada, apetitosa y limpia rendija, con dos orillas carnosas a punto de entreabrirse, una maravillosa y cauterizada herida en medio del misterio de aquella entrepierna, la pulpa fresca de un enigma. Ella, a pesar de su insuficiente experiencia, ya era una sabia en las flaquezas de la carne,  dio un paso y plegó todo su cuerpo contra la cerca. El tamaño de su vulva se hizo exacto a uno de aquellos rombos grises de la alambrada. Un boquete lampiño, una blanda rosa de bordes metálicos, delgados y fríos. Entonces, al otro lado de la alambrada, él se arrodilló piadosamente. Ella abrió un poco sus muslos y un maravilloso  perfume cubrió su rostro imberbe del varón, un vaho dulce enlazado en un dejo perfumado de orina.

Ambos estaban ensimismados en la fresca inconsciencia de sus años, entregados a las maniobras silenciosas de una lujuria inexplicada, sin razones ni maestrías, solo los dos con sus cuerpos, debatiéndose entre la sazón de la niñez y el umbral de la adolescencia. El varón sintió como su breve pene se retorció con sabroso desespero en sus cortos pantalones. La boca se le hizo agua, sin embargo, por fuera los labios permanecían cerrados y resecos. Sacó instintivamente la lengua y los relamió. Entonces acercó devotamente el rostro al sagrado nicho y aspiró profundamente el dulzor a urea e incienso de aquella vulva. Lentamente comenzó a lamerla con dedicada veneración. Aquel trozo de carne era salado y suave como una lágrima. La hembra sintió como un oleaje de temblores subió con violencia por sus piernas para chocar violentamente en la raíz de sus cabellos y desplegarse en desordenadas ondas contra el azul soleado de la tarde. El siguió lamiendo en profundo fervor, ella percibió un segundo estallido, un gozoso, fulminante y apagado estruendo en el centro más oculto de su carne. El comenzó a saborear un plácido torrente, entre dulce y ácido, que fue cubriendo con lentitud la brillante y piadosa humedad de su lengua. El, ya completamente postrado, semejaba a un sacerdote en balbuciente oración. La hembra entonces, en el más alto furor de la bacante, pegó con más fuerza su cuerpo a la alambrada. El varón sorbió todo aquel licor hasta que el fuego de la embriaguez detonó un nuevo gozo en el verdoso fruto de su entrepierna,  fue sintiendo como un espeso y frio llanto corrió por su pierna izquierda, el sacrifico de la niñez se había consumado.

Imagen tomada de http://www.paridasclub.com/wp/index.php/tag/alambrada/

La vida sexual de Catherine M. (fragmento de la novela)*

Catherine Millet

Me gusta mucho chupar el sexo de los hombres. Fui iniciada a este respecto casi al mismo tiempo que aprendí a dirigir el glande descapullado hacia la otra entrada, la subterránea. En mi ingenuidad, creí al principio que una mamada era un acto sexual perverso. Todavía me oigo explicando la cosa a una amiga, dubitativa y ligeramente asqueada, yo fingiendo indiferencia y en realidad bastante orgullosa de mi descubrimiento y de mi aptitud para afrontarlo. Esta aptitud es muy difícil de explicar porque, más allá de cualquier vestigio del estadio oral, y antes de la osadía con que se ejecuta un acto que se cree anormal, hay una oscura identificación con el miembro del que una se apropia. El conocimiento que se adquiere por medio de la exploración efectuada simultáneamente con la punta de los dedos y de la lengua, tanto de los detalles más nimios de su relieve como de sus más íntimas reacciones, es quizá superior al conocimiento que posee su propio dueño. De ello se deriva un inefable sentimiento de dominio: una minúscula vibración con la punta de la lengua y he aquí que se produce una reacción desmesurada. A esto se añade que absorber con toda la boca proporciona una impresión más clara de estar llena que cuando lo engulle la vagina. La sensación vaginal es difusa, jubilosa, el invasor parece derretirse dentro, mientras que se distinguen perfectamente los dulces contactos del glande en el exterior o el interior de los labios, en la lengua, el paladar y hasta en la garganta. Sin hablar de que en la fase final se saborea el esperma. En suma, eres solicitada tan sutilmente como solicitas tú misma. Para mí subsiste el misterio de la transmisión del orificio superior al inferior. ¿Cómo es posible que el efecto de la succión se perciba en la otra extremidad del cuerpo, que la opresión de los labios alrededor del pene forme una pulsera durísima en la entrada de la vagina? Cuando la felación se ejecuta bien, me tomo mi tiempo y procedo a reajustar mi postura, a variar el ritmo, siento venir de una fuente que no mana en mi cuerpo una impaciencia que afluye y concentra una inmensa energía muscular ahí, en ese sitio del que sólo tengo una imagen imprecisa, al borde de ese abismo que me abre desmesuradamente. El orificio de un tonel al que se le pone un fleje. Cuando el anillo lo genera el contagio de la excitación del clítoris vecino, lo entiendo. ¡Pero cuando la orden procede del aparato bucal! La explicación, sin duda, hay que buscarla en un recoveco mental. Por más entornados que tenga los párpados la mayoría del tiempo, tengo los ojos tan cerca de la minuciosa tarea que sin embargo la veo, y la imagen que capto es un poderoso activador del deseo. El fantasma quizá consista también en que, detrás de los ojos, ¡el cerebro tendría una inteligencia instantánea y perfecta del objeto que casi lo toca! Primero veo mis propios métodos para regular la respiración: el estuche flexible de mi mano, mis labios replegados por encima de mis dientes para no lastimar, mi lengua que lanza una caricia al glande cuando se aproxima. Evalúo visualmente su recorrido, toda la mano que acompaña a los labios, a veces con ligero movimiento giratorio, y acrecienta la presión a la altura del gran retoño terminal. Luego la mano de pronto se solidariza para menear vigorosamente, sólo con dos dedos en forma de tenaza, y agita la sedosa extremidad sobre la almohadilla de los labios cerrados en un beso. Jacques siempre deja escapar el "ah" claro y breve de un rapto por sorpresa (a pesar de que conoce perfectamente la maniobra), y redobla mi propia excitación, cuando la mano afloja para que la verga se adentre plenamente hasta tocar el fondo de la garganta. Trato de mantenerla ahí unos instantes, e incluso de pasear su redondez por lo más hondo del paladar, hasta que las lágrimas afluyen a mis ojos, hasta que me ahogo. O bien, y para eso hay que tener todo el cuerpo bien vertical, inmovilizo el tallo y toda mi cabeza gravita alrededor y distribuyo caricias con las mejillas, el mentón mojado de saliva, la frente y el pelo y hasta la punta de la nariz. Lamo con una lengua pródiga hasta los cojones que tan bien se tragan. Movimientos entrecortados de sesiones más largas sobre el glande, donde la punta de la lengua describe círculos, a no ser que aplique carantoñas sobre el reborde del prepucio. Y, acto seguido, ¡hala! Sin avisar, me lo trago todo y oigo el grito que transmite su onda al anillo forjado en la entrada del coño.
Si me abandonase a la facilidad podría escribir páginas sobre esto, sobre todo porque la sola evocación de este trabajo de hormiga provoca ya los primeros signos de la excitación. Puede que haya una correspondencia remota entre el cuidado con que ejecuto una mamada y el esmero que pongo, cuando escribo, en todas las descripciones. Me limitaré a añadir que también me gusta renunciar a mi función de directora. Me gusta que dos manos firmes me inmovilicen la cabeza y que me follen la boca como me follarían el coño. En general, experimento la necesidad de apresar con la boca en los primeros momentos de la relación, con ánimo de activar los mililitros de sangre que producen la erección. Ya estando ambos de pie y yo dejándome deslizar hasta los pies de mi compañero, o bien estando acostados y yo metiéndome debajo de la sábana. Como en un juego: voy a buscar en la oscuridad el objeto de mi codicia. Por lo demás, en esos momentos, empleo tontamente palabras de niña glotona. Reclamo "mi pirulí gordo", lo cual me regocija. Y cuando de nuevo levanto la cabeza, pues es preciso relajar los músculos aspirados hacia el interior de mis mejillas, me contento con el "hum... qué rico" de quien hace crecer la satisfacción de sus papilas cuando se dedica sobre todo a cebarse. Del mismo modo, recibo los cumplidos con la vanidad del buen alumno el día del reparto de premios. Nada me anima más que el que me digan que soy "la que mejor la mama". Mejor aún: cuando, con vistas a la escritura de este libro, interrogo a un amigo, veinticinco años después de haber cesado toda relación sexual con él, me dice que posteriormente "nunca ha encontrado otra chica que hiciera tan bien una mamada", bajo los ojos, en cierto modo por pudor, pero también para encubrir mi orgullo.

* Texto tomado de http://www.angelfire.com/creep/inkubus/milletoral.htm
La imagen realizada por el pintor Mihály Von Zichy fue tomada de http://sinfonicacaotica.blogspot.com/2013/04/mihaly-zichy-amor.html

1 ene. 2015

LOS LASCIVOS

Jeroh Montilla



Flotamos en la ceguera de la luz
vagamos sin ropa interior
hablamos muchas lenguas
pero el silencio nos reúne
nos redime en la mitad del Edén
nada sigue después de nosotros
raza inútil de melancólicos
desvelados y pervertidos
no es fácil para otros
consultar la brújula de la entrepierna
hay un destino en el polvo
amasar nuestra inocencia
en el aprendizaje del pecado.

Fotografía: Spencer Tunick

30 dic. 2014

VOYEUR

Jeroh Juan Montilla


La única verdad
era mirar fijamente 
el pulso de las acometidas
en la rosácea médula 
vislumbrar de una vez
esa maestría de la lluvia 
de inundar 
hasta coger el vacío
tras las cortinas
ensimismarse 
en la babosa agonía
ver sus labios mudos 
inundados
con las espesas gotas del deseo
lejos de la culpa
vociferando un idioma 
que solo escuchan 
los ángeles espías.


Fotos tomadas de 
http://www.metro1.com.br/voyeurismo-animal-40-3331,blog.html
http://www.a24.com/canales/tecno/contenidos/2011/09/01/Noticia_0002.html

22 dic. 2014

GONZO


Jeroh Juan Montilla



Eyaculas una vez y otra vez
sobre ese grano de arena
nada sacia esta esperanza
el nácar de la memoria
que no se apaga
la gramática de la intemperie
que gotea el amor
por todos los cuartos.

ESTA ERA ENORME

Jeroh Montilla

Nadie en casa sabía de la delicia de sus vicios. De sus escondidos pecados y las artes voluptuosas de su boca. Esta ocasión sería un párrafo memorable en su bien guardado diario. La tenía allí, frente a ella, cerca de sus temblorosos labios. Esta era enorme. Tres veces el tamaño de sus pequeños puños, uno sobre otro. Inusualmente cilíndrica, como una torre, aromática y de un rojo provocativo. Su cresta tenía la forma ondulada de un corazón. Ella sabía cómo acosar los lascivos quiebres de aquella apetitosa dureza. Comenzó a lamerla con extremo cuidado de arriba hacia abajo, estudiando su textura, sus asperezas y lisuras. Embadurnándola de saliva, sometiéndola con afanada lentitud. Con la punta de su lengua palpó delicadamente la cosquillante hendidura de la cresta, restregó allí con dedicada fruición el borde derecho de su lengua. Percibió la repentina presencia de un charquito desbordando ese hoyuelo, sintió el agridulce de una agradecida lágrima de amor. En sus ojos relampagueó  todo ese fulgor que da el disfrute repentino de todas las imágenes del mundo. Una dulzura abrasiva fue cubriendo el ávido follaje de sus papilas. Entonces ella la hundió lentamente en el rosado y estrecho abismo de su boca. Sintió en lo más recóndito de su paladar aquella azucarada carnosidad. Percibió como el estanque de su breve cuerpo comenzó a ser cruzado por los ondulantes y pausados  estremecimientos de placer. Sus manos apretaron firmemente aquel gustoso tallo de dulzor. La boquita se plegó ansiosa, como una medusa hambrienta y feroz, cerró los ojos y en un solo suspiro succionó sin piedad, al mismo tiempo sus manos con estudiado pulso tiraron hacia abajo. ¡Plot! Un sonido perfecto con una te final, rotunda, la sinfonía de una sola nota. Su mejor maestría en estos secretos menesteres. Entonces sonrió ahogada en las aguas de su propia felicidad, con las comisuras levemente marcadas de una roja humedad. Abrió los ojos triunfantes, y la vio allí, erguida y brillante, emergiendo del blando cuenco de sus manos adolescentes, de sus dedos llenos de saliva, manchados por el escandaloso rojo cereza de aquella deliciosa e increíble chupeta.

26 ene. 2010

RECETA PARA DOS

ROSANA HERNÁNDEZ PASQUIER*


Diríjase al huerto,
corte cuidadosamente
unos brotes de albahaca blanca.

En un mortero,
pise ajos, pimienta negra,
sal, mantequilla y la albahaca
hasta hacer una pasta
olorosa a mercado.
Retire la piel a su pollo,
observe la extraña belleza de su carne;
suave, tierna, rosada;
rosado crepúsculo de abril.

Unja toda la carne,
únjala por favor,
perfúmela toda.
Recuerde para esto
las artes amatorias de Ovidio.

Encienda el horno
y no permita que el fuego
y el calor
le distraigan.



* Poeta, editora y publicista venezolana.


16 dic. 2009

Cuando llegue...


Arturo Álvarez D´Armas*



Cuando llegue

te desnudaré

posaré mi cabeza

sobre el seno virgen

seremos cobijados

por el verde lecho guinea.


Lameré tu silueta de ébano

en el río madre.


Cuando llegue.





*
Poeta, editor, fotógrafo y bibliógrafo venezolano.
Texto tomado del poemario "Plantado en tierra llana" (2003)


10 nov. 2009

En aquel cuarto...

Arturo Álvarez D'Armas*


En aquel cuarto

de luz apagada

y en una cama sostenida por ladrillos

estabas tendida sobre sábanas raídas

te besé

allí sentí

senos maduros

sudor

olor a mujer.


Eras sonrisa y dulzura.

Me acosa la memoria

en frías madrugadas.


¿Nuestro encuentro es el retorno hacia el pasado?


-------------A Nora Carrasquel


Venus dormida. Giorgione.


*Poeta, editor, fotógrafo y bibliógrafo venezolano.

24 oct. 2009

HISTORIA DE UN HOMBRE Y UNA MUJER

Rosana Hernández Pasquier*


Un día un hombre caminaba por una de las calles de un pueblito de esos que se levanta a las márgenes del Orinoco. En el trayecto vio a una mujer muy hermosa, con una negra y exuberante cabellera. Al verla lo primero que sintió fue unas ganas casi irrefrenables sujetar la cintura de la dama. Los cabellos de ella negros y rizados le llegaban hasta las caderas y él tuvo que imaginar las formas que no estaban expuestas. Sin embargo la mujer sintió en su espalda el aguijoneo de la mirada y volteó para encontrarse con los ojos del observador. Entonces ella sacudió el cuerpo, apresuró el paso y caminó con ademanes y mañas femeninas.

El hombre comenzó a sudar. Un temblor extraño se apoderó de todo su cuerpo. Metió las manos en sus bolsillos para tratar de controlar el estremecimiento. Siguió despacio, pero sin perderla de vista.

Él caminaba haciéndose el desentendido para que ella no se percatara de que la seguía con desespero. Ella se paró frente a un jardín. El hombre trató de ir a otra parte. No sabía por qué, pero fue inútil. No pudo. La siguió como un sonámbulo mientras la mujer se tongoneaba más y más. Caminaron uno detrás del otro largo rato. Algo más de media hora, calculó el hombre y eso es mucho tiempo para dos desconocidos.

Ella se detuvo repentinamente. Esperó calmada a que él se acercara. Él, temblando como una hoja la miró fijamente a los ojos, con la mirada ardiendo de deseo y sintió unas ganas enormes de atravesar todo ese cuerpo con su miembro. Eran unas ganas muy superiores, casi indomables. Él la miró a los ojos otra vez. Tratando de evitar que ella notara la creciente que venía atropelladamente desbordando su cuerpo. Se quedó detenido en su mirada. Hizo el gesto de acercar su rostro y el olor a hembra que despedía la mujer le abofeteó la cara. A partir de allí no supo, no tuvo la menor idea de lo qué pudo suceder ni cómo pudo suceder.

Luego cuando el hombre abrió los ojos, o cuando tomó conciencia de abrirlos, vio una maraña de cabellos, pero al observar con detenimiento se dio cuenta que no era la misma de antes, la que venía siguiendo, o eso parecía.

Trató de identificar el lugar en donde se encontraba y no reconoció nada, absolutamente nada. Hacia donde miraba solo veía tonalidades rosa, por más que pensaba no lograba descifrar.

Pasó un poco más de tiempo, había recorrido todo circularmente y estaba confinado a un espacio que él no podía definir. Siguió observando y notó que era piel, sí, piel. Montones de piel le rodeaban, era carne rosada. Algo como un cuerpo enorme, tanto que se asustó mucho de la pura rareza.

Giró la vista nuevamente y vio una botella que era muy grande también. Él estaba muy desconcertado, aterrado, no comprendía nada. Trató de alcanzar la cima de la botella para ver mejor y cuando saltó, le pareció sentir un aleteo, o muy cerca o dentro de su cuerpo, sacudió la cabeza para sacar esos pensamientos absurdos. Luego saltó y alcanzo la cima del frasco. Ahora, desde esa nueva posición observó su entorno y todo le era ajeno. Su pensamiento no lograba concebir. Se esforzó, no entendía.

Miró nuevamente. Se percató que había un gran espejo frente a él. En el espejo se reflejaba completo el cuerpo de una mujer. Escrutó el azogue más allá de la pátina plateada. Sí, definitivamente era la misma mujer que él venía siguiendo. La sorpresa lo paralizó. No lo podía creer. Ella estaba totalmente desnuda y ahora era inmensa. Otra vez recorrió con los ojos desorbitados por el asombro todo el espejo. Notó que él no se reflejaba en ese espacio. Sintió terror. La mujer hizo un movimiento y fue cuando se dio cuenta que él estaba justo frente a otra cabellera, esa, aquella que no le pareció igual a la de la mujer y era cierto. Porque él estaba justo frente a la pelambre que cubría el pubis de la dama. La mujer notó que él la estaba mirando y abrió más las piernas. Lentamente se abrió más hasta quedar expuesta como una flor recién nacida. Él se olvidó de todo. Solo quiso poseerla, atravesarla nuevamente. Desbordado se abalanzó sobre ese cuerpo lleno de exhuberancia y tentación. En ese momento justo sintió que un aleteo muy claro y vigoroso lo elevó por el aire. Él se creyó loco. Volvió a observar el espejo. Él no estaba. Sacudió uno de sus brazos para ver si lograba determinar dónde podía estar su imagen, su cuerpo. Entonces miró el aleteo de un pájaro. Se sorprendió todavía más. Trató de hablar. No podía pronunciar palabra. Sacudió el otro brazo para cerciorarse y en el espejo el pájaro se movió. Entonces batió con fuerza sus dos extremidades y se vio volando sobre ese cuerpo deseado y terriblemente hermoso. La mujer comenzó a reír a carcajadas. Él supo o creyó que estaba completamente trastornado. No quiso saber más. Se concentró en la contemplación de ese cuerpo que le hacía perder la razón. Él sólo quería satisfacer esas enormes ganas de poseer, de atravesar esa vagina, ahora gigantesca.

En su recién descubierta o imaginada condición de pájaro voló para posarse en ese rectángulo sedoso. La mujer rió más y le dijo, no con palabras dichas por la boca. Con una comunicación de mente a mente. O así lo creyó él. Y con esa nueva forma de comunicación la mujer le dijo clarito –“¿Acaso no dijiste al verme, le quiero meter el pájaro a esta mujer y atravesarla toda? Bueno, ya eres pájaro, ven, inténtalo, a ver qué puedes hacer…” y la risa de la mujer se hizo tan fuerte que retumbaba.

El hombre, con ardor picoteaba ese espacio, pero ella parecía no sentir. Él perdió las ganas. Percibió en lo más íntimo de su ser que todo era muy lamentable. Muy triste. Ahora él era un pájaro con mente de hombre y eso lo hacía un inútil frente a la dama. Además sus infructuosos esfuerzos lo torturaban hasta desgarrarlo. Lloró amargamente y el llanto como un pequeño riachuelo fue borrando sus deseos y su desesperación.

Nunca supo cuanto tiempo pasó. Si fueron unos minutos, muchos días, tal vez meses o años. Tampoco supo cuándo ni cómo salió de esa condición. Sólo recuerda que un día en que tenía mucha sed fue como otras veces, a tomar agua de un recipiente. De pronto escuchó voces y gritos. Eran hombres y mujeres parados frente a él. Ellos golpeaban su cara y gritaban: -“Respira, respira, que te vas a ahogar” Entonces se vio de nuevo en su cuerpo de hombre.

Lo encontraron bocabajo en una charca, a punto de perder la vida. Indefenso y tembloroso. Se incorporó. Supo con inusitada alegría que nada era cierto, que nada había ocurrido. Gracias a Dios todo era un mal sueño.

El hombre echo andar con el dibujo indeleble de una sonrisa en el rostro. Caminaba despreocupado. Feliz. Miró al cielo complacido. Relajado metió las manos en los bolsillos de su pantalón. Sintió algo. Lo sacó para saber qué era. Con horror observó que eran dos plumas de pájaro. Las plumas eran del mismo color de las que tenía él en su cuerpo cuando fue ese animal, que creía no recordar, que picoteaba inútilmente el pubis gigante de una mujer inaccesible.




* Poeta, editora y publicista venezolana.

Imagen tomada de: http://lotofagosynenufares.blogspot.com/2009/05/fuente-cisne.html


28 ago. 2009

Tu piel...

Carmen Alida Méndez Bellini



Tu piel

tan cerca de la mía

y estas ganas de rozarte

de dejar mis huellas en ti

con el vértigo que disimulo

cuando mi mirada transeúnte

desnuda tu cuerpo


Carmen Alida Méndez Bellini (1952) Poeta venezolana



Fotografia: Jan Saudek

11 ago. 2009

Mi encaje

Ana Rosa Bustamante Morales


Ah¡ mi encaje rompes hasta la suavidad de mi carne

que lubricada gime

en tu cuerpo.

¡cómo va sobre mi vientre la espiga

que rasguña entresijos

por primera vez.

Contenido grito

estremecidos óleos entre tormentas

me acerco a tu amor

un sortilegio de mi mano en tu cierre,

mi boca adivina un perineo

donde una miel escurre

y sorbo a sorbo desciende

por llanuras inhóspitas

llegando a mí.

Ven a este congreso

a este nido de dientes que hincan

el dulzor de la corola al pedúnculo

a este inefable gozo que duele

a este delicioso rapto.



Ana Rosa Bustamante Morales (1955) Poeta chilena.



Gustave Moreau. Edipo y la esfinge

FEROCITAS

María Gabriela Abeal


Guarda en el olvido

el cadáver de este orgasmo.

Entiérralo en un cajón

y busca su espíritu

cuando el viento

te golpee con señales de distancia.

Guarda el vestigio de vida

y dedícale unos versos

cuando tu ferocidad me exhume

añorando el contacto.


María Gabriela Abeal (1961) Poeta Argentina.

Poema tomado de la plaquette "Cuatro Poemas", publicada recientemente por la Editorial venezolana La Espada Rota (Caracas,mayo 2009)

2 ago. 2009

Se entrecierran mis ojos...

Arturo Alvarez D'Armas*


Se entrecierran mis ojos
aún puedo verla
más no tocarla
el agua corre por la regadera
cual bautizo de Jesús
me dejabas tocar
dulce cuello muslos morenos
mordí la manzana
silencio
tiemblo ante lo desconocido
anhelo de nuevo esa esperanza
vuelve desnuda
compañera de la infancia.


*Poeta venezolano .

25 jul. 2009

Taumaturgia doméstica

Rosana HERNÁNDEZ PASQUIER*


Si no basta el encantamiento

de una ensalada mediterránea

o el pastrami de pavo en la hogaza de pan

Si las sesenta formas de besar del Kama Sutra

los movimientos y contracciones

del Tao del Sexo no han sido suficientes


Me transformaré en una demonia doméstica

saltaré rituales proferiré adjetivos alunados

soles verbales


Las manos prestas para las pócimas

rimados conjuros diré

mientras cabalgo las vísceras de los sortilegios

Encontraré sapiencia y modos

para superar el libro de San Cipriano

El cuerpo desnudo

encumbraré en los árboles del jardín

gritaré: soy una bacante del siglo XXI


Mis alaridos caerán en el lomo del cerro de los chivos

y se despertará el animal que duerme dentro de él

De noche meteré mi lengua en tu oreja

sacudiré tu hamaca

despertaré a la mismísima María si fuera necesario


Frotaré toda mi piel con mousse negro

hecho de sándalo ghee y aceite de mango

y diré en voz alta tu nombre tan secreto

Pronunciaré las letras de tu nombre

tan sólo por tenerte


He clavado un círculo de fuego en tu entraña

para que me devores la vida largamente


* Poeta, editora y publicista venezolana. El poema aquí publicado es de su libro: El envés de los días (2005)