22 dic. 2014

ESTA ERA ENORME

Jeroh Montilla

Nadie en casa sabía de la delicia de sus vicios. De sus escondidos pecados y las artes voluptuosas de su boca. Esta ocasión sería un párrafo memorable en su bien guardado diario. La tenía allí, frente a ella, cerca de sus temblorosos labios. Esta era enorme. Tres veces el tamaño de sus pequeños puños, uno sobre otro. Inusualmente cilíndrica, como una torre, aromática y de un rojo provocativo. Su cresta tenía la forma ondulada de un corazón. Ella sabía cómo acosar los lascivos quiebres de aquella apetitosa dureza. Comenzó a lamerla con extremo cuidado de arriba hacia abajo, estudiando su textura, sus asperezas y lisuras. Embadurnándola de saliva, sometiéndola con afanada lentitud. Con la punta de su lengua palpó delicadamente la cosquillante hendidura de la cresta, restregó allí con dedicada fruición el borde derecho de su lengua. Percibió la repentina presencia de un charquito desbordando ese hoyuelo, sintió el agridulce de una agradecida lágrima de amor. En sus ojos relampagueó  todo ese fulgor que da el disfrute repentino de todas las imágenes del mundo. Una dulzura abrasiva fue cubriendo el ávido follaje de sus papilas. Entonces ella la hundió lentamente en el rosado y estrecho abismo de su boca. Sintió en lo más recóndito de su paladar aquella azucarada carnosidad. Percibió como el estanque de su breve cuerpo comenzó a ser cruzado por los ondulantes y pausados  estremecimientos de placer. Sus manos apretaron firmemente aquel gustoso tallo de dulzor. La boquita se plegó ansiosa, como una medusa hambrienta y feroz, cerró los ojos y en un solo suspiro succionó sin piedad, al mismo tiempo sus manos con estudiado pulso tiraron hacia abajo. ¡Plot! Un sonido perfecto con una te final, rotunda, la sinfonía de una sola nota. Su mejor maestría en estos secretos menesteres. Entonces sonrió ahogada en las aguas de su propia felicidad, con las comisuras levemente marcadas de una roja humedad. Abrió los ojos triunfantes, y la vio allí, erguida y brillante, emergiendo del blando cuenco de sus manos adolescentes, de sus dedos llenos de saliva, manchados por el escandaloso rojo cereza de aquella deliciosa e increíble chupeta.

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